Género Narrativo. Novela policial o detectivesca. Cuento y actividades.
He sido discípulo del célebre historiador Felipe Terrada, a quien creo haber superado. Mi libro Túneles y galerías subterráneas de Buenos Aires me otorgó prestigio y dinero. En él revelé numerosos misterios.
Soy la máxima autoridad en materia becas, premios y un sueldo gubernamental me permiten una vida holgada.
Una mañana de julio llegó a mi estudio una pareja. Ella se presentó como Laura y sonrió; tenía soltura y simpatía. Él era tosco, altísimo, con cierto aspecto de orangután; parecía resfriado y estornudó dos o tres veces.
- Nos acabamos de mudar a una casa muy vieja- dijo ella. Al refaccionarla, apareció este documento bajo las maderas del piso. Tal vez a usted le sirva.
Me entregó un papel ocre:
- Si le interesa, es suyo.
Agradecí y se retiraron.
Extendí el papel. La humedad y el tiempo lo habían deteriorado: apenas podían leerse algunas palabras de ortografía caprichosa.
Reflexioné: “Se habla de un oro que ya no pertenece a ¿quién?
El corredor norte no había despertado interés y la cuarta bifurcación apenas había sido explorada. Recordé que, en la historia del virrey Vértiz, de Osvaldo Chanetón, se aludía a un tesoro perdido de monedas de oro.
Encontré el dato. Había ocurrido en la calle San Martin: nombre, en el siglo XVIII, de la actual calle Defensa; ésta corre, precisamente sobre la cuarta bifurcación. “Todo coincide, ese oro será mío. Voy a encontrarlo”
A las tres de la mañana del lunes, dispuse el equipó en el auto y partí hacia la calle Defensa. En la esquina, un hombre borroso, aquejado por un ataque de tos áspera, estentórea y crujiente, cruzó a pie el semáforo en rojo, y por milagro no lo atropellé.
Por mi experiencia, me resultó muy fácil deslizarme por el sumidero oculto de la calle Defensa. Encendí la linterna, y entré en el moho y la humedad. Llegué al sitio indicado luego de atravesar dos galerías de techo muy bajo. Luego pasé por una estrecha abertura y me hallé ante un muro de ladrillos. Recordé no hay adobe. Era un muro giratorio. Empujé y entré. Tras de mí la pared volvió a su posición original.
Enfoqué mi linterna sobre un enorme arcón de maderas corroídas. “He aquí mis monedas”, me dije.
Lo abrí sin el menor esfuerzo, y una lluvia de aserrín cayó sobre algo blancuzco. Era un esqueleto, no totalmente libre de algunos restos momificados. Del cráneo pendía una abundante cabellera amarillenta: el oro del documento no estaba, pues, en las monedas, sino en el color de los cabellos.
Quise empujar el muro, pero fue imposible: el mecanismo solo permitía moverlo en sentido opuesto.
Oí una voz que venía del otro lado: - Profesor, soy Laura. ¿Se siente bien?
Curiosamente, no me resultó raro que estuviera allí.
- Qué suerte que haya venido, porque el muro sólo puede abrirse de su lado.
- Así es. Pero no pienso abrirle.
- ¿No piensa abrirme…? Repetí estúpidamente.
- Usted era el discípulo predilecto de Felipe Terrada. Pero cuando él estaba moribundo, le robó la monografía a la que papá había dedicado su vida y la publicó en un libro como si fuera de su autoría. Mi padre alcanzó a contármelo y casi enseguida murió. Él sabía mucho más que usted sobre los secretos de los túneles. Conocía, entre otras historias, la de la mujer que fue sepultada en ese arcón. Una mujer de cabello rubio, como de oro…
Oí una tos áspera, estentórea y crujiente. Laura no estaba sola. Agregó:
- Además, su prestigio académico descansa sobre pies de barro. Mi padre, máxima autoridad en la materia, jamás habría confundido un documento del siglo XVIII con uno falso. Entre mis habilidades se encuentra la de imitar caligrafías de siglos anteriores.
Los ligeros pasos de Laura y los pesados del orangután en seguida se desvanecieron en los vericuetos de los túneles. Quizá dentro de algunos años algún experto en túneles nos descubra a la mujer, a mí y a este escrito al que sólo me resta colocar el punto final.
Luego de la lectura respondé: (se trabaja de manera oral y luego en las carpetas)
a- ¿Por qué es tan prestigioso el discípulo del célebre historiador Felipe Terrada?
b- ¿Qué encontraron Laura y su pareja en su vieja casa? ¿Qué descubrió el joven historiador leyéndolo?
c- ¿Por qué Laura no le abrió el muro al joven historiador? ¿Cómo termina la historia?
d- El cuento que compartimos es un cuento policial. ¿Qué elementos nos hacen pensar eso?


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